CONTRAPUNTOS - Cuento
Conocer y aplicar las claves y secretos del género
Coordinada por: Marita Rodríguez-Cazaux y Ricardo Tejerina
La clínica consta de dos jornadas. En la primera, se abordarán variados tópicos del género.
Al final de la reunión se convocará a los asistentes a enviar una obra de su autoría
aplicando las nociones adquiridas para ser publicadas en un libro colectivo.
En la segunda jornada se presentará y comentará el libro con todas las obras recibidas.
"El propósito primordial de la profesión: contar cuentos." -Adolfo Bioy Casares
Durante la primera jornada se abordaron los conceptos teóricos del arte de escribir cuentos y se realizaron trabajos prácticos de taller.
Mi grupo, "Las siete locas" conformado por:
Silvia Bazán alias Platero
Adriana Siancha alias Zafón
Ester Silvia Spiner alias Isadora Duncan
Valeria Bertolini alias Alfonsina Altier
Carmen Donnantuoni alias Amaranta Buendía
María Paula Putrueli alias Ulises Murakami
y la que suscribe alias Safo
Segunda jornada de la primera clínica de Contrapuntos (1 de agosto) y presentación del libro de todos los participantes "La venganza". Se llevó a cabo el día sábado 26 de septiembre a las 10 hrs.
Coordinada por Marita Rodríguez-Cazaux y Ricardo Tejerina.
Hermosa jornada, con asistencia perfecta de nuestro grupo. Comparto Algunas fotos del encuentro
Todos los presentes en esta segunda jornada recibimos, además del ejemplar del que formamos parte, la devolución personalizada de nuestros trabajos.
Me gustaría compartir la introducción de Marita, quien elaboro un cuento muy interesante, pero no dispongo de en este momento de él. Si lo consigo, lo incluyo oportunamente,
Gracias por el trabajo de todos los involucrados en esta clínica: Marita, Sabrina, Ricardo, Jairo, a los que trabajaron y no los conozco, a mi hermoso Grupo Las siete locas y a todos los participantes.

También participó del taller mi amiga y colega de Tres de Febrero Beatriz Argüelles
Este día es muy especial, no solo consolidó nuestro grupo, sino que puede considerarse el puntapié inicial de la creación del Grupo Ayacucho, grupo que se las trae...
Con ustedes, los integrantes. Mejor sería decir, la mayoría de ellos porque muchos de los que no pudieron asistir ese día, también lo integran.
Mi Participación:
La imagen
La miró… a la imagen. Le costó trabajo enfocarla.
A pesar de eso podía notar la tela gastada de su traje que
atentaba con deshacerse en cualquier momento. El cuello de la camisa no tenía
remedio; ya Sara lo había desmontado y cosido nuevamente del otro lado. El
contraste entre los celestes del cuerpo y el cuello de su camisa era obvio por
más que la seda descolorida de la corbata intentara cubrirlo.
Se desvistió como pudo, sin hacer ruido, y se acomodó en la
cama. Instintivamente, Sara lo abrazó y lo besó en la frente.
(Mañana será otro día,
igual que hoy, igual que ayer. Igual.)
La miró fijo a los ojos. A la imagen. Le costó trabajo
enfocarla, achinados los ojos como los tenía por la resaca. (Necesito
el antídoto.)
Fue para la heladera y buscó el tetra. Lo tanteó. (Queda
poco, pero creo que para vacuna alcanza.)
Se enjuagó la cara, los dientes, hizo buches, pero el amargor
no se le iba. Un ligero mareo lo hizo prenderse con fuerza del lavatorio. (¡Mierda!
Esta vida es una mierda.)
Desde la otra habitación llegaba la voz de Sara acompasada
del trac-trac, trac-trac de la
máquina de coser. En sus oídos penetraba
toda la chismografía del barrio, que a él no le importaba; los precios del
mercado, que él no quería conocer; los proyectos y los sueños de Sara que él no
podía cumplir.
La miró de nuevo, fijo a los ojos. Se la veía pálida, fría.
Se distrajo en las hilachas del escote gastado de su camiseta.
Trató de poner en off
sus oídos. La cháchara de Sara le hacía
doler fuerte el estómago, acicateaba cada rincón de su corazón como los
alfileres de su costurero. Sus oídos no responden. (La
voz de Sara se diluye en un fondo incomprensible, confuso, pero sigue allí.)
Continuó con su ritual. Embadurnó con el jabón sus mejillas,
su mentón redondeado, con sumo cuidado sobre los labios.
(Odio el jabón en la boca. Odio este jabón de oferta que Sara se ufana en
comprar en no sé qué tienda de ahorro. Pero ¿qué puedo decir? Ya bastante el
hecho de mentirle sobre mi búsqueda de laburo.) Cierta culpa lo merodea cuando piensa en esto. (La
verdad es que ya colgué los botines. A mi edad… ¿A quién le importa mi
experiencia, mi manejo hábil de situaciones complicadas? A nadie.)
Volvió a la imagen. La miró fijo a los ojos.
Navaja en mano se dispuso a quitar el jabón. Observó su filo,
lo mejoró hasta dar el visto bueno.
Siguió la cantinela de Sara barajando un fin de semana en la
costa con sus primos. (Los Orlando, familia insoportable si
las hay. No paran de echarte en cara el mate que convidan.)
Total, trac-trac, trac-trac vamos bien abrigaditos trac-trac, trac-trac en la caja de la camioneta. trac-trac, trac-trac Nos acomodamos allá, trac-trac, trac-trac en la casita al fondo trac-trac, trac-trac para no molestarlos, trac-trac, trac-trac y bueno, trac-trac, trac-trac comer, trac-trac, trac-trac acá
también hay que comer, trac-trac,
trac-trac ¿no? trac-trac, trac-trac ¿Qué te parece, viejo?
trac-trac, trac-trac de última trac-trac, trac-trac nos
llevamos unos trac-trac, trac-trac fideos y unos tomates de acá, trac-trac, trac-trac ¡allá todo es tan caro! trac-trac, trac-trac ¡el Día trac-trac, trac-trac tiene una oferta trac-trac, trac-trac increíble!
trac-trac, trac-trac Vos vieras. trac-trac, trac-trac
La navaja está en el punto justo. La apoya con destreza en la
garganta y se le figura que es el cuello de Sara, ese que no hace tanto le
gustaba recorrer con sus labios ardientes de deseo. La distracción le valió una
cortada. (¡Puta que sangra! Y este papel higiénico que es una
bosta. Ni para parar la sangre sirve.)
Cae la brocha en la pileta. El recipiente del jabón rebota en
el piso de cerámica. La navaja inicia un peligroso balanceo pendular en el
borde del lavabo.
Busca otra vez la imagen, busca sus ojos. Nada. El espejo
está mudo.
Un hilillo tibio se desliza en cámara lenta desde sus fosas
nasales y se abre paso entre la espuma hasta unirse al chorro, que en ritmo de
allegro, se esparce desde su garganta.
La voz de Sara, incansable, continúa su parloteo al compás
del trac-trac, trac-trac de la
máquina de coser en la habitación contigua.
Liliana Bianco