
Rodeada de la magia de Punilla (Córdoba), la calidez de los participantes y la excelente organización, participé del X Encuentro Nacional de Narrativa, realizado por La Hora del Cuento, puntualmente por Daniela Selene Lorenzini Sánchez, con la colaboración de Miguel Aguilera.
Comparto con ustedes algunas instantáneas, lecturas y paisajes.
Sede del encuentro:
FATIDA Hostal Colonial Serrano

Paisajes
Lecturas
Zapatillas Violeta
“No hay esperanza duradera en la
violencia
Solo un alivio temporal de la
desesperanza”
(Kingman Brewster Jr)
20 de abril de 2014
¿La viste a esa pendeja? ¿De qué se las da?
Era para romperle esa cara bonita que tiene. ¡La mataría! Siempre tan
suavecita, tan lady, con sus zapatillas violetas. Se la cree nomás, la muy
pajera. Mirá que soplarme a mí, justo a mí, el flaco ese. Me las va a pagar y
no le va a salir barato el chiste.
¡Cómo me gustan esas zapatillas! Estoy
juntando, pero está difícil. Los otros días hice la cuenta. Tendría que
encamarme con cuarenta chongos y así y todo no
me alcanzaría. Además más de uno
la quiere sin pagar, como ese turro que encima me pegó y no me dejó una moneda.
Si será bruto. Pero esto no va a quedar así. No, chicas. Tengo un plan.
24 de abril de 2014
No puedo parar de llorar. No puedo sacarme
de la cabeza que todo fue mi culpa. Pobre Naira, pobrecita.¡ Está tan quieta!
Apenas respira gracias a todos esos enchufes que tiene. Yo sabía. Le tenía que
haber dicho. Por eso le pedí a Juan que me pasara a buscar. Yo sabía que la
Negra no se iba a quedar con las manos cruzadas. Debía haberles advertido, a
ella y a Sofía. Pero sobretodo a vos, Naira, que encima me defendiste y yo….
¿Podrás perdonarme?
29 de abril de 2014
Se murió la puta esa. Podría haber tenido
la decencia de bancársela. Nunca pensé que fuera tan flojita. Por un par de
golpes y unas patadas… Cambiaron la carátula del caso: "Homicidio
doblemente calificado por la participación de una menor de edad y por concurso
premeditado de dos o más personas" Creen
que soy tarada y no sé lo que eso significa. Esto de pensar que me las hagas
después de muerta, Nairita, me hierve la sangre. ¡Linda manera de vengarse!
Pero ¿sabés qué? Tengo tus zapatillas y me quedan súper...
Liliana Bianco
DOÑA
VAINILLA SAN LORENZO
Cuando un
inadvertido se topa conmigo me saluda con una serie de palabrotas que mi buena
educación no me permite repetir. Hoy casi todos los transeúntes me saludan. Hoy
llueve. Algunos son conocidos.
Soy una
Vainilla San Lorenzo de pura raza y desde la cuna me enseñaron que no debo
hacerme cargo de los errores de los veredistas, aun cuando ellos digan que
estamos mal terminadas y por eso nuestra colocación es un desastre. ¡No señor!
Mi compañera
dice que es mi culpa porque se me ve tan bien acomodadita que a nadie se le
ocurre esquivarme; pero, mis amigos, la elegancia ante todo. Como les dije, soy
una Vainilla San Lorenzo, una dama de pura cepa y aprendí muy bien los
protocolos y a disimular cualquier defecto en pos de la salud de mi honorable
apellido.
Ahí vienen
ellos, Abelardito y la mina de ojos tristes, la que dijo la gitana.
Lo de Abelardito es una broma, mide casi trece
veces mi tamaño, y aunque ella dice que no es ella la mujer de la que habló la gitana, yo sé que sí. Lo sé de
primera mano. Fui testigo del abordaje de la quiromántica bajo este mismo farol
que ahora me hace un guiño.
Me encanta
verlos apurados cruzar estas esquinas, saltar al cordón, caminar casi corriendo
con un ansia desesperada, con unos deseos profundos incapaces de ser colmados,
con esa agitación propia del hambre que despierta todos los sentidos, voraz,
inacabable.
Se miran a
los ojos, los labios apenas abiertos, brillantes de expectación.

Ya lo había
predicho la gitana que leyó la mano de
Abelardito. Ella se lo dijo, lo de la mina de ojos tristes, lo de esta sensación
desesperante que los embriaga y los une: lo que ella, la de la mirada triste,
simplemente llama Tangurria.
Liliana
Bianco
Pintura:
Curia, José “Bailate un tango Ricardo”
ME PIERDO
No me gusta salir los días de lluvia. Tal vez mis
ancestros campesinos me traicionan. O el mate y la torta frita. Tal vez...
En esta vida que llevo ahora corro más rápido que el
tiempo. Corro aunque llueva, arrase el viento o me incinere el sol, y no me gusta.
Ganarle al tiempo es perderle a la vida.
Le gano al tiempo, que no existe. Yo soy vencedora
de la nada, y me pierdo.
Liliana Bianco
El sábado por la mañana ... Mates, pastaflora o pastafrola (como más les guste) casera, (¡Gracias Nelly!)
y más lecturas...
Tuvimos presentaciones de libros:
" Tierra colorada, niña negra"
"Nanine"
"Atando mordiscos"
de la escritora Teresa de Jesús Soler (Azul)
"El medallón de mi madre"
de la escritora Amanda Giorgio (La Carlota)
"Guía didáctica 1 y 2"
de la escritora María Eugenia Caixach Lahite (Ituzaingó)
"Cinco obras de teatro"
del escritor Andrés Caro Berta (Uruguay)
"Incineración Interna"
del escritor Mauricio Moday (City Bell)
ANTOLOGIA
Diario
íntimo de Isabel (Fragmentos) (Liliana
Bianco)
10 de
mayo de 1838
Estoy perdida. Este hombre me tiene perdida. Mi mente, mi cuerpo, mi alma
se estremece con solo pensar en él. Y no puedo dejar de pensar en él. Y el muy
mal nacido hace meses que no se aparece. Siento que dio por terminado todo,
como si no le importara nada. Una aventura, eso es lo que fui. Una aventura,
una chinita al paso ¿Cómo se me pudo ocurrir que fuera más que eso?
Mi madre tenía razón. Son todos iguales. Cuanto más les das, peor te pagan.
Ni siquiera ha respondido a mis misivas. Y yo acá, encerrada entre las paredes
de mi casa sin animarme a salir. Tengo la cara desfigurada de tanto llorar. El
dolor que siento es inaguantable. Mi herida, profunda. ¡Tengo tanta rabia! Si
se pusiera al alcance de mis manos lo mataría, lentamente lo mataría, con mis
propias manos lo mataría. Me cobraría todo este sufrimiento que me hace
padecer. Tal vez así mi alma se aquiete…
[…]
06 de
julio de 1839
Esta noche, como casi todas las noches últimamente, hubo ruidos en la calle: caballos,
persecuciones, tiros, gritos y aspavientos. Golpearon con desesperación la
puerta de calle. ¡La Mazorca! Me
inundó el espanto hasta que mi mente se recompuso y recordó que el Restaurador
no se las veía con las mujeres. Además ¿Por qué yo? Los golpes se seguían con
urgencia y me apronté a la puerta y haciendo uso de una extrema audacia, abrí.
¿Cómo explicar mi sorpresa? Él, el doctor, el causante de toda la desgracia de
estos últimos meses; él en persona, en cuerpo presente y con el alma deshecha, golpeaba
a mi puerta. Había dejado olvidados en algún recóndito espacio su porte
distinguido y su garbo. Lo tenía frente a mí, desencajado, hecho una piltrafa,
justo frente a mí. Vino a mí, nada menos que a mí, en busca de refugio. El
miedo palpitaba estentóreamente en todo ese cuerpo que yo había deseado, que
aún deseaba… Lo hubiese abrazado y llenado de besos tan desvalido como estaba.
Pero no, ganó el despecho. ¿Entregarlo?
¡De ninguna manera! Lo tenía a mi merced. Pagará un alto precio su
abandono.
En un impulso cerré la puerta y apagué el candil. Pasaron de largo. ¿Por cuánto tiempo? ¡Quién podía saberlo! Lo conduje a oscuras al sótano y allí lo
dejé. Tenía muchas cosas en que pensar. La vida me lo entregaba en bandeja para
que yo, Isabel, hiciera con él lo que me venga en gana. Una extraña
satisfacción recorrió mi cuerpo. Mi hora había llegado.
Nuevos golpes en la puerta. Ahora sí. Ahora son ellos. Ahora, Isabel, tu
mejor actuación…
[…]
20 de
agosto de 1840
Pidió cigarros, unos libros, una navaja para afeitarse. No se cansa de
agradecerme y disculparse por todas la molestias que me ocasiona. ¡Pobre
infeliz!
Me pidió que le llevara a Scheherezade. Yo soy su Scheherezade, pero él no
se da cuenta. Todos los días a la luz del candil le leo las noticias, algunas
la invento. Disfruto con su terror al escuchar mis historias. No todas son
verdaderas, pero de seguro no están muy lejos de lo que pasa allá afuera.
Badía me visita seguido. Algo huele el mal parido, porque esa de que me
festeja no se la creo para nada. Le sigo la corriente al imbécil, hasta ahí,
sin un paso de más que me sumerja en un no retorno. Me subestima. El será bueno
con el violín, pero lo mío es más sofisticado: lento, morboso, angustiante y
largamente placentero; supera con creces un simple degüello.
[…]
17 de
octubre de 1853
Hoy ejecutaron a Silveiro Badía. Bien merecido el castigo para ese canalla.
Fui a presenciarlo, no me lo iba a perder. Me lo debía por esas interminables
visitas a mi casa, hasta el último día,
cuando Urquiza le ganó la partida al tirano. Ni juicio merecía ese carneador de
unitarios. Pero lo tuvo. La magnanimidad de este dictador es un buen contrapunto de su antecesor.
Recuerdo que me excitaba la idea de envenenarlo. Oportunidades me sobraron.
Día por medio, a veces una o dos veces por semana, cuando se le pintaba, se
caía en la casa. Badía no decía nada pero sospechaba. Hasta se hizo el
interesado en mí el muy farsante. Yo lo observaba observar sin pausa, con
detenimiento, preguntando cosas al pasar, sin dar puntada sin hilo, queriéndome
hacer pisar el palito. Hice bien mi papel. Ese secuaz me subestimó, porque
claro, soy mujer, y el muy idiota pensó que podía caer ante su encanto salvaje
y ese olor a sangre pegoteada que, aun con su aspecto impecable, se percibe. ¡Mirá si era bruto el animal!
Pero así está mejor, mucho mejor, ejecución pública, casi digno diría yo.
El dotorcito todavía sigue en mi sótano. Ya perdió su humanidad. Está
totalmente loco, tanto, que hasta su animalidad está atrofiada… me doy cuenta
que a veces me aburre. Y este trajín de los baldes, y el olor nauseabundo de
ese sótano que se ha tornado en el lugar más inmundo que conozco, y él, que tan
ido está que ya ni se da cuenta… Sí. El que no se dé cuenta lo hace menos
divertido…
Por ahora va a seguir ahí, hasta que yo, Isabel Starkey, decida lo contrario.
Taller de escritura creativa, Fiestas de Cumpleaños (con torta y todo), Entrega de premios, Certificados de participación y antologías y esta maravilla que se llama COMPARTIR.
A los organizadores, a los participantes, al personal del hotel, a todos mi agradecimiento y
¡F E L I C I T A C I O N E S!