lunes, 20 de marzo de 2017

martes, 14 de febrero de 2017

14-02-2017

Quiero que me regales flores un día cualquiera
No cuando yo las espero
No cuando te mandaste una macana
Que cada día sea una fiesta
cada día y cada noche contigo
Quiero reír a carcajadas
de las tonterías por las que discutimos
hasta arrancarnos los ojos
borrar de un plumazo los celos
que desvelan nuestro sueño
No quiero acostumbrarme a tu presencia
no quiero extrañarte
no quiero que me abrume
La vida podría ser un remanso
No lo es               ni contigo           ni sin ti
Quiero relajarnos en la dicha
surfear a dúo las tormentas
codo a codo sortear las batallas
a la par      hombro a hombro
Quiero amaneceres turbios
y noches claras        cuerpo a cuerpo
quiero perfumes de sal y algas marinas
y compartir el timón sin esfuerzo
Quiero quererte a pesar
del dentífrico hecho bolsa
la tapa del inodoro
y las medias sucias archivadas bajo la cama…

Quiero            tal vez        pueda amarte

Quiero que me regales flores un día cualquiera
No cuando yo las espero

No cuando te mandaste una macana

LB

jueves, 9 de febrero de 2017

8 de febrero

Lo dejé todo por esta soledad
(Luis A. Spinetta)

Me llegan recuerdos de frontera
horizontes  ajenos
melodías lánguidas
amaneceres despiertos a deshora
llantos secos en almohadas mojadas
la esencia vital
de  noches mordidas

Un mundo de huellas se desliza
Lagrimea la memoria incipiente
y se sierran los labios
(señal de silencio)

Quiero gritar y no puedo
La glotis absorbe mi garganta plena
de recuerdos impertinentes
Muero viva en las voces de la calle

Y el Flaco reza
 lo deje todo por esta soledad
Y yo duermo

arrullada             por la palabra que despierta


                                                           Liliana Bianco






sábado, 4 de febrero de 2017

XI Encuentro de Poesía y Cuento Breve "Rubén Vela"

04/02/2017 Mi participación

Aestatis in urbe

Calor Buenos Aires     Calentísimo
Calor de cemento      Calor de mostaza
Arde el mediodía
Hormigas de dos patas
pulen veredas
lustran baldosas
sortean las grietas
Zumbidos des alados sobrevuelan
agujeros     que son casi fosas
Tropiezan      con o sin disculpas
Golpean sus cargas     Deliran palabras
dirigidas a nadie     o a todos      o a todo
Caballos de fuerza rezongan al sol
Se detienen furiosos ante el guiño rojo
Todos con apuro bufan su bronca
 tronando motores  a todo vapor.

Calor Buenos Aires     Calentísimo
Calor de cemento     Calor de mostaza
Siesta urbana
de verdes ausentes
atizando los cuerpos
alterando las mentes
agotados ambos
de tanto apuro     de tanto stress.

Calor Buenos Aires     Calentísimo
Calor de cemento     Calor de mostaza
Atardecer dorado que no deja ver
Baja un cambio el caótico ritmo
 una chela fría     un fernet con cola
y a la caravana yendo pa las casas
por una autopista      a punto de quebrar.

Calor Buenos Aires     Calentísimo
Calor de cemento     Calor de mostaza

Cuando el sol recueste su último rayo
quedará  solo el rumor tenue del  pulso
de la ciudad dormida    
suspendida en la noche.


Liliana Bianco











viernes, 3 de febrero de 2017

XI Encuentro de Poesía y Cuento Breve "Rubén Vela" 2017

Mi poema ilustrado por Néstor Olivera














La muerte anda demorada
En los pasillos de la miseria
En los sótanos de las guerras
En los rincones del suicidio
Trabajo con denuedo
día y noche
despierta y aun dormida
en vano intento de ser su próximo deseo.
Ella se demora
Contando los cuerpos
de su cosecha
Amagándome de cerca
eludiéndome luego
Acudiendo a citas sin apuntamiento
Aquí         la espero
Ella persiste en la demora
Se distrae en los anillos del infierno
No presta atención
Yo aquí
Esperándola desesperada
Ella           intrigante
Le gusta dar sorpresa donde nadie las anhela
Aquí la espero
Con este trozo de dignidad que aún me resta
Y el concepto cobarde del suicido             yo espero
Espero su abrazo misterioso que me alejará de tanta pena
Sí                
La espero
Muerta está ella si pretende
que yo salga a buscarla.

Liliana Bianco

lunes, 28 de noviembre de 2016

JUNÍN 26/11/2016

Instituto Cultural Latinoamericano

"ELEGIDOS 2016"

Seda Verde ganó el Tercer Premio.





Para lo que quieran leer, aquí va:

SEDA  VERDE



Son las tres de la madrugada. En la humilde casa de Aurora la luz sigue encendida. Se escucha suave “La Primavera” de Vivaldi.

¿Aurora Pérez? Tengo un trabajo para usted, recuerda mientras está terminando la bufanda número diez.

Necesito cien bufandas realizadas con este hilado, le dice mientras abre la bolsa que apoya en la mesa para mostrarlo. Revive la sedosa textura de ese hilo que ahora trabaja con sus manos incansables y que se desliza caprichosamente por sus dedos, enredándose a veces en la urdimbre, más veces de las que ella quisiera.

Trae su memoria el aspecto del hombre. No era habitual trabajar con ese tipo de gente. (¿Por qué había aceptado? ¡Bien sabía por qué!)


Las necesito para el miércoles.

 ¿Cuándo va a traerme el resto del hilado?

Esto bastará para confeccionar las cien; hasta quedará un remanente que usted podrá usar en lo que quiera.



Aurora dudó seriamente de estas palabras. Desde que tenía uso de razón se había dedicado al tejido. Esa cantidad podría alcanzar para unas diez, no más. No estaba dispuesta a esas alturas a tratar con excéntricos. Estaba por negarse a tomar el trabajo cuando el extraño soltó la propuesta: Pago el doble de su tarifa, la que sea. Aurora  dudó el doble esta vez. Sin embargo, pensó en el techo que merecía un buen arreglo antes de que empezara el invierno y sin dudas se fugaron junto con la brisa fresca que acarició su rostro. El escalofrío la hizo envolverse mejor en su chal.  El miércoles, pensó, debería trabajar más horas de las diez habituales. Seguía indecisa cuando se desató la tormenta y una gota perforó el techo y enfrió su nariz, y otras iniciaron su sinfonía metálica en los cacharros estratégicamente dispuestos para recogerlas.

Aceptó, a pesar de la inquietud que perturbó su alma.

¿Su nombre? No tiene importancia. Tampoco le dije lo que voy a cobrarle. Eso tampoco tiene importancia. El miércoles a esta misma hora paso por ellas y le traigo su paga. Y salió de la casa.

El cucú cantó doce veces.  La tormenta arreció toda la noche.




Aurora afirmó el último nudo. Observó el hilo restante. La bolsa no había sufrido merma alguna. Sospechó de ese hecho pero se entretuvo haciendo sus cuentas. Estaba cansada. Necesitaba dormir, sus manos tenían la indecisión del agotamiento y su cuerpo reclamaba su recompensa.

Empecé a las cinco, son las tres ¡Veintitrés horas sin parar! Dos horas y media cada una, faltan noventa… Tomó el cuenco y lo puso al fuego. Un tazón de sopa, eso necesito, noventa por dos, ciento ochenta, más cuarenta y cinco, doscientas veinticinco, dividido por… ¿por cuánto divido? Si trabajara lo habitual necesitaría  veintitrés días, y miércoles es dentro de seis… Sorbía lentamente la sopa, tratando de desatar con suavidad el increíble nudo que cerraba su estómago. Estaba loca cuando le dije que sí, rematadamente loca.

Volvió mentalmente a sus cálculos. Los rehízo desde otra óptica: noventa dividido seis, quince. Nada de dormir, Aurora, y aún así, no llegás en término.

Miró el catre. ¿Si se tiraba solo un ratito? ¿Un ratito no más? Desestimó la idea y preparó una pava llena de café, bien fuerte, se dijo, para despertar muertos.

Mientras tomaba  su jarro de café observó la bolsa con curiosidad. ¿Cómo es que sigue igual? ¡Aurora, dejate de pavadas y manos a la obra!

Le va a alcanzar para las cien y hasta quedará un resto para que haga con él lo que quiera. Le pagaré el doble de lo que cobra habitualmente. El miércoles a esta hora… Recreaba una y otra vez la conversación para darse ánimos y no sucumbir al sueño y al cansancio. Las piernas se le adormecían, no hallaba posición.

La número diez se enroscó en sus piernas: se las masajeaba suavemente y el alivio las recorría desde las rodillas hasta los dedos de sus pies.

 El cucú dio las doce del día. Hizo caso omiso de los reclamos de su estómago mientras anudaba la número dieciocho. Había superado su récord y esto le dio ánimo. Desenrolló de sus pies la número diez y se la acercó a su corazón dándole las gracias. Decidió que podía darse un respiro y se sirvió una taza de caldo y otro jarro de café.




Sonaron las seis cuando sus manos se empacaron del todo y no respondían al llamado del deber. Iba por el cincuenta por ciento de la número veinticuatro.

Calentó agua con sal en una olla y sumergió en ella sus manos. La tibieza la relajó y sus ojos se entrecerraron suavemente. Dormitó un rato, un buen rato. La despertó el cucú de las nueve acompañado de la sinfonía de las gotas tañendo los cacharros. Se sobresaltó…

Tenía clara la recompensa por el trabajo realizado, pero… ¿Qué pasaría si no cumplía? Esto le inspiraba un temor gigantesco, como si se le apareciera la dama de negro en persona. Secó sus manos y las puso rápidamente a trabajar. Con sorpresa notó que a la veinticuatro solo le faltaba el remate final. Estaba segura de que solo había tejido la mitad. Barrió la duda y siguió adelante.



El tintineo de la lluvia no menguaba y la temperatura bajaba considerablemente. Miró el canasto: vacío. Había olvidado entrar la leña y ahora estaría toda húmeda. El humo malograría su trabajo.

El frío la entumecía. La número veinte se enroscó en su cuello. La diez volvió a su posición, el frío se disipó en la seda verde. Con nuevos ánimos continuó el tejido.



La medianoche la sorprendió anudando la veintisiete. Rehízo sus cálculos. Había superado su velocidad ampliamente, a una hora y media. Tejería hasta la treinta y tomaría un descanso.

A las cuatro y media cortó una rebanada de pan y un trozo de queso, calentó caldo y un poco más repuesta se recostó en el catre hasta que el cucú diera las seis.

Durmió, si a eso se le puede llamar dormir, dando millones de giros en su catre, soñando con el extraño personaje del encargo y la parca escondida en el bolsillo de su capote que se interponía entre su dinero y ella. Hacía frío, pero ella despertó empapada en sudor. Se dio una ducha rápida con el agua bien caliente y se sentó a continuar con su tejido. En ese momento dieron las seis.

Con el cuerpo caldeado por el baño y enervado por el miedo trabajó sin parar durante los siguientes cuatro días. No hizo caso del frío ni del dolor de su espalda, ni de la dormidera que intrusa se enseñoreaba de sus manos y sus pies.

El miércoles, cuando el cucú sonó seis veces en la mañana, sucumbió sin remedio. Ya no pudo obligar a sus ojos a mantenerse abiertos, ni a sus manos a que obedecieran, y cayó en un sueño profundo. Todavía faltaban diez y la noventa había quedado sin rematar.

Ese día el sol reapareció en el horizonte. Apiladas, las bufandas descansaban sobre la mesa de trabajo, ocho de diez, una de nueve.

 La  noventa chilló desesperada espabilando a las capitanas de las decenas que fueron a reunirse a su lado y trabaron concilio. Aurora se había esmerado mucho, no podían abandonarla ahora que casi estaba hecho. La libertad de las cien, sus vidas y la de Aurora estaban en juego.



Aurora se fundía en su pesadilla. Tres metros bajo tierra. Se abatía por quitarse de encima los terrones, perforarlos para alcanzar el aire. Manoteaba el vacío, empujaba con sus piernas…

La diez y la veinte se anudaron a ellas, la treinta y la cuarenta atacaron sus manos, cincuenta y sesenta sus antebrazos, setenta y ochenta su espalda y la noventa se acurrucó en su corazón.

Como zombie, Aurora se sentó en su silla de trabajo y no se detuvo hasta anudar la número cien. Solo restaban cinco minutos para la medianoche del miércoles. Con delicadeza, las capitanas ayudadas por la cien la acomodaron en el catre y rápidamente se ubicaron al tope de sus pilas.

 A la hora señalada llegó el hombre en busca de su encargo. Golpeó a la puerta. Nada. Sin embargo la luz estaba encendida y sonaba suave la música de la radio. Golpeó otra vez. No había señales de vida. Una sonrisa de satisfacción inundó su rostro. Aurora, la mejor tejedora del país no había cumplido. El había ganado. Entró sin cuidado a la casa. La vio durmiendo plácidamente y cuando se disponía a llevarse la bolsa con el hilado, cien serpientes de seda verde se ocuparon de él obligándolo a soltar la bolsa y el maletín del dinero sobre la mesa y en volandas se lo llevaron fuera de la casa. Cuando sonó la duodécima campanada todo había terminado.




Aurora despertó radiante a las nueve con una sonrisa que desdibujaba el cansancio y los temores de esa extraña semana. Recordó haber tenido una pesadilla horrible, pero fuera de ese detalle, nada. El sol ingresaba a pleno en la pequeña casa iluminándola y caldeando sus rincones.

Vació uno a uno los cacharros contenedores de agua de lluvia filtrada. Calentó café, cortó una rebanada de pan y un trozo de queso y se dispuso a desayunar. Cuando se sentó a la mesa vio un maletín y una bolsa sobre su mesa de trabajo. Abrió el maletín, contenía una cantidad de dinero que ella nunca había visto toda junta. Espió la bolsa: contenía hilado verde, de textura asedada, familiar a su tacto.

Su memoria despertó. Recordó todo, absolutamente todo. Se sonrió. Tomó su cuaderno de pedidos, apuntó su experiencia de cabo a rabo y lo guardó en su cofre de reliquias.

Allí lo encontré yo, hace unos años, cuando Aurora dejó este espacio por uno mejor. Lo transcribo para que no se pierda, por lo menos esta historia, ya que de Aurora hace tiempo que no sé nada.



Liliana Bianco

sábado, 30 de enero de 2016

LA CAJA VIOLETA: Primer destape

Por si andas cerca y querés venir....
05/02/16 - 18 hs. Casona Municipal de Villa Giardino, Valle de Punilla, Córdoba.
PRIMER DESTAPE DE "LA CAJA VIOLETA"
Te espero!